EL hábitat y el paisanaje

Ser parte de un lugar por haber nacido y vivir en él no es lo mismo que sentirlo como visitante. El nativo es cautivo del medio que lo integra y lo entiende en función  de su supervivencia, al margen de cualquier valoración: su autenticidad o lo contrario sólo cuentan para el turista o el viajero.

Pero el  recién llegado mira y si le gusta lo que ve, suele tener la idea baladí de que radicarse en tan plácido y soberbio escenario podría ser el colmo de su felicidad. “Aquí si que vivo yo”, admite con ligereza, frente al turquesa de un mar tropical, la altivez  de una cordillera rebosante de glaciares, la misteriosa penumbra de un igarapé de la amazonía, el paisaje que sea, incluso ante muchos paisajes urbanos. En el fondo el viajero sabe que es un ser ajeno a la escena y que sólo puede conocerla, amarla o repudiarla, o como el turista, sólo usarla como distracción o colección de lugares visitados.

 

Los aborígenes de la sierra de Aracena recogen la cosecha de las huertas que proliferan en los ruedos agrícolas de sus pueblos y elaboran conservas preparándose para reforzar la despensa de alimentos en los meses de invierno.Engordan los cerdos en la montanera otoñal para sacrificarlos con la llegada de los primeros fríos y hacer jamones y todo tipo de embutidos como gran aporte de proteínas a sus despensas.

 

Mientras tanto otros, los urbanitas (aborígenes de las ciudades) esperan los primeros fríos para encender las candelas en las casas rurales, más frío, más crece el entusiasmo por una escapada a la montaña. Será el momento de degustar un buen jamón y abrir los tarros de conservas de tomates para acompañarlo, al calor de las chimeneas. De postre: carne de membrillo con melocotones. No todos entienden el invierno en los mismos términos.

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